lunes, septiembre 29, 2008

Kurt Madrid Barcelona

La gran virtud de “Vicky Cristina Barcelona” es ser a la vez intrascendente, ligera, sofisticada, divertida, rápida, bonita y un buen reclamo turístico para una ciudad, Barcelona, mostrada de una manera curiosa, entre el realismo y la idealización de alto standing, mezclando putas del Raval con cafés en el Casa Fuster y callejones del Gótico con mansiones de Pedralbes, casas de exquisito gusto alejadas de la estética Nuevo Estilo que impera ahora entre los megarricos barceloneses, obsesionados con los muros de cristal con vistas, la madera de cerezo y las piscinas desbordantes. La “Barcelona del diseño” ha hecho mucho daño y, aunque hoy en día ya nos hemos desembarazado del estilo Antonio Miró (qué vergüenza ajena da ver la mayoría de sus colecciones, qué cosa tan de medio pelo, tan de cateto convertido en director creativo de lo que sea), aún tenemos (tienen) que superar todos esos clichés arquitectónico-decorativos que casi hacen de la ciudad un parque temático del mal diseño. Woody Allen enseña en “Vicky Cristina Barcelona” el equivalente barcelonés de su visión de Manhattan, cool y elegante, estilosa y relajada, una ciudad en la que la gente dispone de tiempo y dinero suficiente como para protagonizar comedias sexuales y vivir pasiones decadentes. En “Vicky Cristina Barcelona”, Allen hace un retrato muy certero de esa gente que, teniendo la vida solucionada y mucho aburrimiento acumulado, se dedican a construirse fantasías románticas absurdas y a aplicarlas a relaciones reales que objetivamente son insustanciales y tontas, pero para ellos son grandes pasiones fugaces, amores intensos y breves que el resto de la gente, inferior y mucho menos sensible, no entiende, no entendemos. J ha estado muchos años intentando convencerse a sí mismo de que él es un hombre de relaciones cortas e intensas, de amores enloquecidos que duran poco pero dejan mucha huella. Ahora se empieza a dar cuenta de que eso y salir con chaladas es a veces la misma cosa, y ve las cosas con más claridad, aunque teme que el efecto rebote (no más colgadas, no más perder el tiempo, no más hace el tonto, no más, no a mi edad) le convierta ahora en el típico tío que conoce a una mujer y, a los diez minutos, ya le habla de tener hijos y comprar una casita en el campo para retirarse allí dentro de unos años. Eso o que, de repente, mientras esté embarcado en algún micro-noviazgo tormentoso, le cambie el chip y decida que esa chica que está en el salón leyendo “Los Signos del Zodíaco y el Amor” es la mujer de su vida, la madre de sus hijos y la beneficiaria de su seguro de vida. Cenamos con él y con Gina en casa, Nate ha cocinado cordero con tomate, pimentón y anacardos. La recetar original es de pollo (Nate apenas come otra carne), pero yo le he convencido que, con invitados, queda mejor el cordero y él me ha hecho caso.

off topic: ¿Qué hace uno durante un fin de semana en Lyon? ¿Qué es imprescindible hacer, ver o comer y qué nada recomendable? Kurt necesita vuestra ayuda, antes del viernes. Vuestras contribuciones, sugerencias e insultos, aquí. Gracias.

viernes, septiembre 26, 2008

crash mediocre

“Spore”, uno de los videojuegos que ha despertado mayores expectativas de la historia, es mediocre.. O no tan bueno como debería, que es lo mismo. Lo encargué antes de que saliera al mercado, así que he sido una de las primeras personas en tenerlo, uno de los primeros en darme cuenta de que la espera no ha valido la pena. Lo mismo podemos decir que las últimas series limitadas de zapatillas New Balance, las colecciones de Prada (que son de una altivez y un tongue-in-cheek cada vez más inaguantable), el monstruoso Teatro del Canal recién inaugurado (demasiado caro, demasiado agresivo, demasiado feo, demasiado todo), y “True Blood”, la nueva y fallida serie de Alan Ball. Esperar para nada o, peor aún, para poco. ¿Será “Vicky Cristina Barcelona” también un bluff? Lo dudo, viniendo de Woody Allen, pero todo es posible en estos tiempos de mediocridad imperante, en los que la gente aplaude en los (subvencionados) desfiles de David Delfín y en los restaurantes de maricas finas siguen atreviéndose a cobrar más de quince euros por un plato de pasta fresca, servido por un musculitos de metro sesenta y estrellitas tatuadas. Imagino que yo formo parte también del mediopelismo generalizado (es difícil no ser permeable a algo tan extendido), y me da rabia. Estamos cada vez más anestesiados y a la deriva de medios de comunicación y de corrientes y tendencias que no está demasiado claro de dónde vienen. La mayoría de la gente sabe que estamos metidos en una crisis económica de cuidado, pero no saben por qué ni quién tiene la culpa, en el caso de que alguien la tenga, y nos encerramos en nuestros micromunditos a medida donde todo cuadra y lo que no, nos negamos a verlo.

Intento solidarizarme con los trabajadores de los bancos de inversión americanos, pero no lo logro. ¿Será esto consecuencia también de la anestesia social?.. Esa casta de neo-yuppies que tenían a sus pies Nueva York, Londres y, consiguientemente, el mundo entero, con sus sueldos demenciales, sus bonus anuales estratosféricos, sus cinturones de Hermès y su cocaína, ahora ha caído en desgracia (aunque todavía no del todo, pero tiempo al tiempo) y se supone que, si se van a la calle, tienen que darnos pena. No me la dan, en absoluto, no me identifico con ellos, no siquiera me solidarizo con los que han sido echados de malos modos minutos después de cortarles la línea de la Blackberry y cancelarles la tarjeta oro corporativa. Ellos vivían también en su microhabitat a temperatura controlada, su terrario de lujo con forma de despacho acristalado. Pero, de repente, esos universos de corto alcance, subconjuntos del universo mediocre, colapsan, explotan o implotan, y sus habitantes tienen que construirse otros nuevos. Es posible que los protagonistas del derrumbe del sistema (y casi del concepto) de la banca de inversión no hayan sido conscientes de lo particular que era éste hasta que no han visto por donde fallaba. Es más: hasta que no lo han visto fallar, caer y arder. Y no me refiero a sus empresas, o a sus trabajos, sino a sus sueldos y los niveles de vida que llevaban aparejados. Adiós a los lofts, a las zapatillas de edición limitada, adios a Prada, a Gucci, a Tom Ford, a la primera clase, al Mandarin Oriental, a Nobu, a Hermès, a Thom Browne, a Belice, a la cocaína. En España, suerte de mediocridad, lo notarán menos, porque en vez de Browne es Carolina Herrera, en vez de Nobu, El Japonés, y en vez de cocaína, eso que vende en los garitos el camarero gay de las estrellas tatuadas, que debe de ser una mezcla de sacarina, suero fisiológico, efedrina y cal.

miércoles, septiembre 24, 2008

el tabique

Mi suegra hizo que tirasen un tabique de su casa y lo reconstruyeran a cinco centímetros de su ubicación original, para poder ver así el mar desde la ducha. La operación le costó un dineral y no es la única de ese tipo que ha hecho. Es experta en pedirlo todo a medida, desde las patas de la mesa de la cocina (unos centímetros más cortas de lo normal, por motivos que ella explica si se lo pides pero que aquí no voy a reproducir por delirantes) hasta los tacones de los zapatos, que si tienen un milímetro más son de puta y si es de menos, son de monja. Es lo de la virtud en el término medio, pero llevado (qué paradoja) al extremo. Al milímetro, a la micra, al armstrong. Alfombras cuya alteración (quitar un par de centímetros de cada lado) cuesta más que alfombra misma y botelleros que, para acoger el número exacto de botellas requerido, exigen que la habitación donde van a instalarse tenga que ser ampliada (otro tabique que hay que destruir-construir) medio metro cuadrado. Cuando le regalé una botella que no cabía en ninguna cavidad del botellero en cuestión, generé un momento de lo más incómodo, aún recuerdo la cara “la que has montado, Kurt”, mientras intentábamos (mi suegra y yo, por turnos, ella utilizando la maña y yo, fuerza bruta) encajar como fuese la botella. No encajó, y hubo que desmontar el botellero y construir otro a medida de la habitación, de la nueva botella (que no costaba ni 30 euros) y del ángulo de incidencia de la luz de la luna sobre la torre de control del aeropuerto de Badajoz.

lunes, septiembre 22, 2008

el oso y la barracuda

La vida es un bucle: todos los años, por estas fechas, me comprometo a ir una vez a la semana a nadar, algo que mi médico dice que me ayudará a mantener la espalda sana o, lo que es lo mismo, reducirá mi factura anual de fisioterapeuta, que es considerable. Este año Sister se ha sumado a mi promesa y ha decidido que nadar es lo más y que tenemos que hacerlo sí o sí. Por ahora hemos ido un día, y no nos ha sentado mal. Casi diría que tengo ganas de volver, pero creo que el año pasado por estas fechas me sentía igual y, aunque si humo un segundo día piscinero, un tercero ya no. Lo cierto es que no estoy hecho para el agua, o no siento que lo esté: soy de todo menos fusiforme y, si me miro en un espejo y me veo con el bañador, el gorro y las gafas de nadar, mi autoestima, por muy inflada que esté, se queda flácida y chuchurría durante una temporada larga. Sister en cambio sí que funciona en medios líquidos y yo, en bañador-gorro-gafas la encuentro estupenda, aunque ella se sienta marciana a tope. El caso es que una vez dentro de la piscina, ella es una jodida barracuda y yo, uno oso polar que, pese a que nada a una velocidad respetable, no es demasiado estético. Yo os aseguro que un oso polar, visto en su medio, es majestuoso haga lo que haga, pero en mi caso no es así. Mañana mismo lo volveré a comprobar.

viernes, septiembre 19, 2008

misa

Nunca he ido a misa, no soy católico. De hecho no soy religioso, y mucho menos cristiano, así que de catolicismo (S.A.) mejor no hablamos. He ido como a diez misas en mi vida, cuatro eran misas de boda, otra era un funeral y a las otras cinco fui arrastrado por mi abuela, devotísima ella, que no podía soportar que ninguno de sus nietos fuese educado en la religión (católica, obviamente), algo de lo no la culpo, pues en la Castilla provinciana y beata de hace treinta años la única forma de pensar era ésa. Mi hermana tuvo una etapa muy pro-católica en su primera adolescencia, para horror de mis padres, ateos convencidos, pero se le pasó enseguida. Mi padre hacía del ateísmo su bandera; para él algo que iba en contra de la lógica y la ciencia no tenía sentido ni debía ocupar lugar en la vida. Cuando, por una serie de motivos que no vienen a cuento (y que mi madre nos explicó muy bien en su momento), tanto mi hermana como yo fuimos durante unos cuantos años a colegios en los que la religión existía y se le daba importancia. Mi padre siempre se lo llevó a mal a mi madre y ella (que fue quien tomó la decisión), lógicamente, nunca consiguió apartar el sentimiento de culpabilidad. No le gustaba que le contásemos nada sobre las clases de religión (inciso: eso no es una asignatura, las creencias no pueden ser asignaturas; la fe y las convicciones religiosas no deben estar presentes en los colegios ni ser inculcadas como parte de un curso escolar, y menos aún en los centros públicos; eso es parte de la intimidad de cada persona; educación y religión no son incompatibles, pero tampoco tienen demasiado que ver; fin del inciso) y no sé lo que habría pasado si hubiésemos suspendido la asignatura, cosa que, por otro lado, no sé si ha ocurrido alguna vez en alguna parte del planeta. En mis tiempos, suspender religión era un oxímoron. Cuando murió mi padre, tanto mi hermana como yo nos negamos a que tuviese lugar ningún tipo de ceremonia religiosa al respecto, pero al final nuestros deseos (y los de mi padre, sobre todo), no fueron respetados y hubo misa, vaya si la hubo. Cosas de tener una familia paterna de beatos hipócritas. Tres meses más tarde se les cambió a todos la cara, y fueron capaces de decir y hacer barbaridades con la esperanza de arañar trozos de herencia, como si hubiese algo que arañar (no lo había). Mi hermana fue la que peor lo pasó entonces y yo, que la puse (y pongo) a ella por encima de todo, me metí en un pequeño gran lío legal, del cual estoy más orgulloso que arrepentido, todo sea dicho. Eso sí, la misa se hizo y todos lloraron mucho y el cura habló de no se qué de que mi padre se había reunido con un dios en el que él nunca creyó, y que a lo mejor no existe y es todo un cuento, o a lo mejor sí, y se parece más a una deidad hindú, y cuando le preguntas por Jesucristo no sabe de quién (o qué) le estás hablando. A mí lo de la misa, en el fondo, me dio igual, pero no dejaba de ser aquello una demostración más de paternalismo católico grosero, de “ay, pobres chicos, no saben nada” y de darse una representatividad y una importancia que para muchos de nosotros no tienen. Por “Jesucristo” no me viene nada y por “Cristo” tampoco. Voy a mirar por “Dios”.... No, tampoco. Nada.

miércoles, septiembre 17, 2008

1962 - 2008

Hemos (mejor dicho: he) llegado a un punto en el que la hostia financiero-económica global me da igual y, sin embargo, se me hace un nudo en la garganta cuando me entero de la muerte de David Foster Wallace, el enésimo genio que se suicida, imagino que agobiado por sus demonios y por la sensación permanente de haber hecho ya cumbre y estar ya, vital y creativamente, en la cuesta abajo. Esto, que es una hipótesis (no sólo mía, sino de muchos, eso sí) tiene sentido si nos damos cuenta de que prácticamente a mi edad, Foster Wallace escribió “La Broma Infinita” (“Infinite Jest”) un libro complejo, densísimo y controvertido que muchos consideran una obra maestra y otros, un tostón inabarcable, pero pocos niegan su importancia. Antes de los 35, Foster Wallace ya era un autor de culto, la gran voz de su generación. Los que entonces (como él posiblemente) pensaron entonces “y ahora, ¿qué vas a hacer con las dos terceras partes de vida que te quedan por vivir?” ahora lo entendemos todo, o no entendemos nada, lo mismo da.

lunes, septiembre 15, 2008

Ran(c)ia de Jordan(c)ia

La edición española de Vanity Fair podría ser mucho peor. También podía ser más buena, desde luego, pero visto lo visto, no ha sido un mal parto. Es densa como la original, pero habrá que ver si es capaz de mantener en los próximos números el nivel de los textos, o al menos su cantidad. El V.F no está mal, pese a tener a Rania de Jordania (un nombre ridículo, como de sketck de Gomaespuma), la hipocresía hecha carne ,en la portada. Rania es una de esas personas cuya muerte no me entristecería lo más mínimo. En estos momentos el suyo es mi magnicidio potencial favorito. Rania representa mejor que nadie todo lo que no nos gusta aceptar de nuestro mundo: el injusto reparto de la riqueza, el culto a la frivolidad y la cultura del envoltorio. Si no fuese un bellezón alicatado con alta costura, sería criticada brutalmente, pero como se ha erigido en icono de glamour (rancio y caduco a tope, eso sí, como de señorita colonial), es respetable. Criticamos a una atleta que compite cubierta, musulmana quizá radical, y en cambio le seguimos el juego a una zorrita altiva que vive y se comporta como la esposa estándar del dictador estándar, al borde mismo del famoso (y ficticio, lo sé) “pues que coman tarta” de María Antonieta. Al lado de Rania y su constante exhibición de importarle una mierda lo que pasa en su país (es más: lo que pasa en el mundo), Diana de Gales casi parece una intelectual comprometida. Si la Di viviera, sería amiga de Rania y las dos nos harían cortes de manga permanentes al resto de los habitantes del planeta, con sus extravagancias de cien mil millones y sus publicitadísimas obras caritativas vestidas de Dior. Vivimos en una realidad virtual diseñada desde Vanity Fair, Variety, Marie Claire y El Caso.

jueves, septiembre 11, 2008

se vende koala

Bruselas dice que ojo con lo que digo del jersey con el koala, que es de Michael Bastian y se ha convertido en un auténtico fetiche por el que mucha gente es capaz de hacer cosas muy arriesgadas. En mi caso lo arriesgado habría sido comprarlo. Arriesgado conyugalmente (Nate amenazó con abandonarme si adquiría la mencionada prenda) y arriesgado financieramente (esto no necesita explicación). Con suerte, se revalorizará y algún chalado japonés (ellos adoran este tipo de fetiches que conjugan calidad de lujo y detalles infantiloides) pujará por alguna unidad en internet. Aunque también puede pasar que muchas personas piensen que esto puede pasar y ebay se vea de repente inundado de jerseys con koalas, como ha pasado con las zapatillas que compré con la esperanza de revenderlas en subasta cibernética y ganarme un buen pico. Veinte personas pensaron lo mismo que yo y ahora la carrera es absurda. Eso nos pasa por pasarnos de listos. Nuevas, nunca han salido de la caja, en el envoltorio original, never worn, not even in the store, limited edition, unlimited gains, pero por ahora, pérdidas. Impolutas, perfectas, serie agotada, piezas numeradas, haz tu puja. Las leyes de la oferta y la demanda son claras y, a menos que el número de chalados compradores sobrepase al de (ok, chalados también) vendedores, el precio tendrá que bajar si queremos que las transacciones tengan lugar. Fundamentos básicos de la economía contra comportamientos fetichistas, coleccionistas y generadores de anomalías de mercado. Casi veinte vendedores entre los que escoger, viva la competencia. Cómpratelas, en serio, que son muy bonitas. Deja que sea yo el que te las venda.

martes, septiembre 09, 2008

aborto

No termino de creerme que nuestro gobierno socialista (porque es socialista, ¿verdad?) vaya a ponerse por fin a trabajar en una ley del aborto medianamente progresista. A los que dicen que hay cosas más importantes que hacer que esta ley yo les diría que, en una época en la que las políticas económicas y exteriores ya no son ni de derechas ni de izquierda (ni de nada, y a veces no son ni políticas) son estos símbolos (de progresía en este caso, o de conservadurismo en el caso de otras medidas, según con qué tipo de votantes tengas la deuda) los que distinguen a los gobiernos y que una ley del aborto en consonancia con el supuesto signo de nuestros gobernantes es, junto con la regulación de la eutanasia, algo absolutamente necesario. Una ley del aborto no obliga a abortar a todas las mujeres que se queden embarazadas sin quererlo (y me da igual que sean unas ignorantes, unas descuidadas o unas kamikazes, ese es otro debate), sino que posibilita que la que quiera hacerlo, pueda. Imagino que la Iglesia ya estará preparando sus sermones sobre lo sagrado de la vida y de los zigotos y bla bla bla, ya que desde que el Papa de vez en cuando pide perdón por los desmanes cometidos por su personal hace siglos (la Inquisición, la evangelización a hostias –nunca mejor dicho-, lo de Galileo...), parece que ese perdón está concedido y que barbaridades mucho más cercanas en el tiempo quedan automáticamente perdonadas. Ruanda, sin ir más lejos: ¿cómo puede la Iglesia Católica seguir opinando sobre nada después de lo que hizo en ese momento?¿cómo se atreve?. Cuando el derecho a la vida se moldea para ir contra el derecho a hacer lo que me de la gana con mi vida, mal vamos.

sábado, septiembre 06, 2008

Los Girasoles Ciegos

Por morbo y con cierto grado de indignación previa me metí a ver la adaptación cinematográfica de “Los Girasoles Ciegos”, y tengo que reconocer que no me decepcionó, que estuvo a la altura de mis expectativas. Yo me esperaba un destrozo de una obra maestra literaria llevado a cabo por un cineasta relamido y pagado de sí mismo y eso me encontré, tal cual. Apoyado en una novela y un guión escritos por personas que no pueden quejarse (porque están muertas, más que nada), Cuerda hace una película insulsa para los que no leyeron el libro e insultante para los que sí. La adaptación de “Una Palabra Tuya” que hace Ángeles González-Sinde es, aunque también fallida, mucho más respetuosa y fiel a la novela en la que se basa, de Elvira Lindo esta vez, un libro realmente inspirado que demuestra que la Lindo no siempre es una insoportable maruja venida a más, que cuando quiere sabe escribir mejor que la mayoría. Esta película no me molesta y la de Cuerda sí, mucho, y me da igual Maribel Verdú (a Javier Cámara no lo soporto, en ninguna de sus versiones) y la ambientación maravillosa y el anticlericalismo. “Los Girasoles Ciegos” es una novela enorme, ya podría Cuerda haberla dejado en paz o haber tirado de algo de Speedo Freire o la Echevarria. A la Freire tampoco la soporto, pero la otra me hace casi gracia, y reconozco haber leído un par de sus novelas (y un par de ensayos también, es cierto) con voracidad, su literatura facilona es perfecta para las salas de espera y los trayectos cortos en transportes públicos. Ahora, por suerte, he encontrado otros autores que me cubren esa necesidad, como McEwan o Amis. Madre mía, estoy en cierto modo comparando a estos dos señores enormes con la microscópica (literariamente) Echevarria, como me oiga el dios de la literatura me manda un rayo y/o me obliga a leer todas las obras de Vázquez-Figueroa o de Matilde Asensi.

jueves, septiembre 04, 2008

fuente: wikipedia

El sector en el que trabajo, que algunos sabéis cuál es y otros os lo imagináis (aunque muchos sin acertar) es un nido de analfabetos encubierto. Es muy posible que donde tu trabajas ocurra lo mismo. Un nido de analfabetos: así de sencillo. Informes en los que se cita como fuente la Wikipedia (utilízala, hombre, pero no la pongas como fuente, aún no), caspa a mansalva y gente que excusa su incapacidad para escribir tres frases con sentido en que “lo mío son los números” y luego resulta que no, que los números tampoco son lo tuyo, que lo tuyo no es nada, y los gemelos “originales”, por muy de joyería que sean, son y serán siempre una paletada. El otro día casi me peleo por una palabra, una palabra que nadie entendía porque, simplemente, no existía. Se la inventó porque “quedaba bien y tenía sentido”, y no estamos hablando de la utilización masiva del asqueroso verbo “priorizar” ni de utilizar “enfrentar” como verbo transitivo. No, no, esto era mucho peor, era para suicidarse cortándose con el borde de cada una de las páginas del diccionario de la Real Academia un capilar diferente, dejando las últimas para la zona del glande. Qué dolor. Comparable al de oír la palabra inventada, o de leerla cuando volvió a aparecer en otro texto, este de mucha mayor difusión, pero idéntica bajeza semántico-léxica. A mí me encanta inventarme palabras, pero no tengo ningún problema en admitir que lo hago y, consecuentemente, no utilizarlas en determinados contextos. En este blog sí las uso, porque esto es mío y he decidido que vale todo. Pero en los sitios serios no vale todo, o no debería, ya que entonces dejan de ser serios, lo cual no sería ningún problema si los que viven en esos sitios lo asumen. El problema viene cuando no lo asumen, y esos sitios serios dejan de ser serios y se convierten en chistes, chistes de mal gusto y sin gracia.

martes, septiembre 02, 2008

Colette

En la mayoría de las guías turísticas de París aparece reseñada, en la sección de tiendas, generalmente como “una de las tiendas más modernas del mundo”, si no la más, como un centro creador de tendencias y como, más o menos, el ombligo del mundo de la moda, las tendencias y el estilo en general. Las revistas de moda la adoran y, en cierto modo, temen. En teoría, si algo se vende en Colette, mola y te tiene que gustar. En teoría también, Colette es más que una tienda; es prácticamente un termómetro de tendencias y sus vitrinas son una muestra de por dónde van los tiros en moda, diseño, tecnología y cosmética. En la práctica, Colette es una tienda inhóspita, plagada de dependientes altivos y permanentemente repleta de gente que deambula perdida por sus varias plantas, intentando entender por qué algo que pinta tan bien en las revistas y en las webs es luego en directo tan decepcionante. Situada en St Honoré, una calle que yo no termino de entender bien (es un mejunje poco probable de lujo absoluto y cutrerío total), Colette es el quiero y no puedo que todos los que queremos y no podemos visitamos cada vez que vamos a París para, una vez fuera, darnos cuenta de que no queremos lo que allí quieren que queramos y, si no queremos, ¿para qué preocuparnos de si podemos?. No hay más que fijarse en las dos cosas que yo me habría comprado la última vez que estuve allí: un jersey de punto con un dibujo de un koala vestido de esquiador y un reloj de Bell&Ross. El jersey, carísimo y absurdo (menos mal que tengo a Nate al lado para decir estas cosas, si no lo mismo me lo compro) y el reloj, un capricho de precio también grosero, pero encontrable en muchos otros sitios que no son Colette. Un Bell&Ross no necesita de un envoltorio de tendencia rabiosa para resultar apetecible; un jersey infantil en talla adulta, sí. El primero no lo puedo y el segundo, menos mal, no lo quiero.