“Spore”, uno de los videojuegos que ha despertado mayores expectativas de la historia, es mediocre.. O no tan bueno como debería, que es lo mismo. Lo encargué antes de que saliera al mercado, así que he sido una de las primeras personas en tenerlo, uno de los primeros en darme cuenta de que la espera no ha valido la pena. Lo mismo podemos decir que las últimas series limitadas de zapatillas New Balance, las colecciones de Prada (que son de una altivez y un tongue-in-cheek cada vez más inaguantable), el monstruoso Teatro del Canal recién inaugurado (demasiado caro, demasiado agresivo, demasiado feo, demasiado todo), y “True Blood”, la nueva y fallida serie de Alan Ball. Esperar para nada o, peor aún, para poco. ¿Será “Vicky Cristina Barcelona” también un bluff? Lo dudo, viniendo de Woody Allen, pero todo es posible en estos tiempos de mediocridad imperante, en los que la gente aplaude en los (subvencionados) desfiles de David Delfín y en los restaurantes de maricas finas siguen atreviéndose a cobrar más de quince euros por un plato de pasta fresca, servido por un musculitos de metro sesenta y estrellitas tatuadas. Imagino que yo formo parte también del mediopelismo generalizado (es difícil no ser permeable a algo tan extendido), y me da rabia. Estamos cada vez más anestesiados y a la deriva de medios de comunicación y de corrientes y tendencias que no está demasiado claro de dónde vienen. La mayoría de la gente sabe que estamos metidos en una crisis económica de cuidado, pero no saben por qué ni quién tiene la culpa, en el caso de que alguien la tenga, y nos encerramos en nuestros micromunditos a medida donde todo cuadra y lo que no, nos negamos a verlo.
Intento solidarizarme con los trabajadores de los bancos de inversión americanos, pero no lo logro. ¿Será esto consecuencia también de la anestesia social?.. Esa casta de neo-yuppies que tenían a sus pies Nueva York, Londres y, consiguientemente, el mundo entero, con sus sueldos demenciales, sus bonus anuales estratosféricos, sus cinturones de Hermès y su cocaína, ahora ha caído en desgracia (aunque todavía no del todo, pero tiempo al tiempo) y se supone que, si se van a la calle, tienen que darnos pena. No me la dan, en absoluto, no me identifico con ellos, no siquiera me solidarizo con los que han sido echados de malos modos minutos después de cortarles la línea de la Blackberry y cancelarles la tarjeta oro corporativa. Ellos vivían también en su microhabitat a temperatura controlada, su terrario de lujo con forma de despacho acristalado. Pero, de repente, esos universos de corto alcance, subconjuntos del universo mediocre, colapsan, explotan o implotan, y sus habitantes tienen que construirse otros nuevos. Es posible que los protagonistas del derrumbe del sistema (y casi del concepto) de la banca de inversión no hayan sido conscientes de lo particular que era éste hasta que no han visto por donde fallaba. Es más: hasta que no lo han visto fallar, caer y arder. Y no me refiero a sus empresas, o a sus trabajos, sino a sus sueldos y los niveles de vida que llevaban aparejados. Adiós a los lofts, a las zapatillas de edición limitada, adios a Prada, a Gucci, a Tom Ford, a la primera clase, al Mandarin Oriental, a Nobu, a Hermès, a Thom Browne, a Belice, a la cocaína. En España, suerte de mediocridad, lo notarán menos, porque en vez de Browne es Carolina Herrera, en vez de Nobu, El Japonés, y en vez de cocaína, eso que vende en los garitos el camarero gay de las estrellas tatuadas, que debe de ser una mezcla de sacarina, suero fisiológico, efedrina y cal.